Los riesgos globales que enfrentaremos durante el 2017

Si durante la administración de Barack Obama el liderazgo de Estados Unidos como potencia mundial llegó a lucir débil, el planteamiento de enfocarse más en los asuntos domésticos hecho por Donald Trump permite avizorar la consolidación de un proceso de “recesión” de la geopolítica durante 2017. La firma de análisis Eurasia Group presentó el top ten de los riesgos que en esta materia veremos en desarrollo durante el año que comienza, posando la mirada en Rusia, China, Latinoamérica, Turquía, Corea del Norte, India y –por supuesto- en el gobierno de Trump. A continuación una versión en español de su informe.

Imágenes: Eurasia Group

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Hace ya seis años Eurasia Group planteó la inminencia de lo que entonces denominó el G-Zero: un mundo sin un líder global predominante. Las señales estaban ahí: la perdida de interés de Estados Unidos en asumir las responsabilidades de un liderazgo de esa magnitud, los aliados –particularmente los europeos- debilitados y más interesados en apostar a las intenciones estadounidenses y dos amigos-enemigos, Rusia y China, buscando maneras de presentarse como alternativas: Rusia en materia de seguridad en su patio trasero y China en el frente económico regional y luego en todo el planeta.

Esas tendencias se han acelerado. Y el arribo de Donald Trump a la Casa Blanca supone un empujón extra como consecuencia de su orientación a concentrarse más en los asuntos domésticos de la potencia mundial. Para Eurasia Group –una de las firmas más importantes en materia de análisis de riesgo político, fundada en 1988- el G-Zero ya está entre nosotros. Y en su informe –publicado el 3 de enero- puntualiza los 10 aspectos de mayor riesgo global que enfrentará el planeta a lo largo del año que apenas comienza en cuanto al desarrollo de una recesión en materia geopolítica. Esta es una versión del informe original Top Risks 2017: The Geopolitical Recession disponible en eurasiagroup.net

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1) La “América independiente”

La filosofía “América primero” de Trump y su promesa de “volver a hacer grande a América” tienen sustento en el más básico de los valores estadounidenses: la independencia. Para Trump, eso significa independencia de la responsabilidad de Estados Unidos de desempeñar un papel determinante en los asuntos mundiales, sacudiéndose las cargas impuestas por las instituciones multilaterales y los países aliados. Si no hay un beneficio obvio a corto plazo para Estados Unidos, o si se trata de la prestación de un “bien público” donde otros actúan de forma más bien parasitaria, no es algo que Estados Unidos deba hacer.

Esto no es aislacionismo. Como líder del país más poderoso del mundo, Trump rechaza la debilidad comparativa de la presidencia y quiere proyectar más directamente el poder estadounidense al servicio de los intereses nacionales. Es un unilateralista decidido.

Militarmente, una “América independiente” no implica reticencia a usar la fuerza, sino más bien una decidida disposición a usarla para defender los intereses centrales de Estados Unidos con menos respeto por las consecuencias para los demás: Trump ha prometido “bombardear el infierno de ISIS”, ampliar las capacidades de vigilancia y otras maneras de aprovechar el poder coercitivo de la nación para castigar a los enemigos. La “América independiente” será más dura que la política exterior de Barack Obama.

Económicamente, la “América independiente” se traduce en una política industrial. Si los excesos del libre mercado permiten a las corporaciones “captar” al Estado, Trump quiere usar el poder de la presidencia para voltear la mesa y convertirlas en actores económicos clave. Él tiene una desconfianza fundamental en las relaciones de libre comercio existentes y en las multinacionales globalizadas: cree que se están enriqueciendo sin tomar en cuenta el bienestar de los trabajadores estadounidenses. Trump promoverá el patriotismo en ambos frentes, estrujando las relaciones bilaterales para crear mejores términos para una América más poderosa y usando la zanahoria y el garrote para convencer a las corporaciones de invertir más (y mantener más puestos de trabajo) en Estados Unidos.

El cambio es mayor en los valores: “América independiente” renuncia a la noción de que Estados Unidos promueve activamente la democracia, los derechos civiles y el estado de derecho. El enfoque de Trump hacia las alianzas y las instituciones multilaterales es transaccional. Hablar de valores comunes puede convertirse en una cortina de humo que permite a los aliados aprovecharse de EE.UU. Y, de todos modos, Estados Unidos no siempre coincide o está a la altura de esos valores. Las alianzas deben ser asumidas de forma más profesional. Solo tienen sentido si hay un “ganar-ganar” a corto plazo. Deben ser más flexibles en un entorno que cambia rápidamente y no deben ser limitadas por tratados que no sirven a los intereses de Estados Unidos en el mundo de hoy (OTAN, la política de “Una China”, el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte).

Una lógica en este argumento hará este cambio de dirección muy atractivo para gran parte del público estadounidense: una sólida mayoría de los ciudadanos tiene poco interés en que continúe el papel del país como líder mundial. Sienten (correctamente, en muchos casos) que no se han beneficiado personalmente de los acuerdos globales de comercio. Una serie de intervenciones militares estadounidenses recientes ha producido costosos fracasos, ampliamente denunciados en otras partes del mundo. Mientras tanto, la creciente discordia geopolítica del G-Zero representa un reto mucho mayor para otras regiones que para Estados Unidos (hay que pensar en los refugiados y el terrorismo en Oriente Medio y Europa, las disputas territoriales y la carrera armamentista en Asia).

Todo esto crea varias áreas de riesgo político.

Primero y principal, está el caos a corto plazo que genera una superpotencia ausente. Esto es más evidente en Europa, donde la inclinación política de Trump hacia Rusia, su apoyo a la OTAN y su alineación con movimientos similares y antisistema en todo el continente (Frente Nacional de Francia, Partido de la Libertad de los Países Bajos y similares) debilitan aun más a la que había sido la alianza más importante para la protección del orden mundial. Algo similar ocurre en Oriente Medio, donde no hay un solo actor regional que pueda proporcionar estabilidad y seguridad, dejando a los actores estatales y no estatales enfrentados impulsando el conflicto cada vez más lejos.

El segundo aspecto es el debilitamiento más amplio de la arquitectura institucional. La “América independiente” acelera la fragmentación del comercio mundial y los flujos de capital, de una Internet global y de una respuesta coordinada sobre el cambio climático. Estados Unidos ha sido el principal financista y defensor de instituciones multilaterales esenciales, como la ONU y el Banco Mundial. Con “América independiente”, esas instituciones estarán bajo un mayor escrutinio político y presión financiera, mientras el gobierno de Trump reexamina y reconsidera su utilidad para los intereses nacionales de Estados Unidos.

En tercer lugar está el ascenso de China y el creciente potencial de conflicto directo con Estados Unidos. El presidente Xi Jinping considera a la “América independiente” como una oportunidad fundamental para promover los intereses de seguridad de China en Asia y sus intereses económicos en forma mucho más amplia. Los recientes discursos públicos de Xi que llaman a China a ser el nuevo líder de la globalización, su asistencia a la reunión anual del Foro Económico Mundial (la primera para un presidente chino) y su apoyo sin precedentes al nuevo secretario general de la ONU, resultan un punto de inflexión para el “adolescente en crecimiento” China, aun mayor que su irrupción en el escenario mundial con los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008.

Ese ascenso conducirá a la mayoría de los aliados de EEUU en el sudeste de Asia a cambiar su lealtad hacia Pekín, y ampliará el papel de China en la gobernabilidad económica internacional (aunque principalmente a través de canales bilaterales más opacos). Pero la nueva oportunidad de China para establecer reglas y la búsqueda de “nuevos y mejores acuerdos” por parte de la administración Trump también hará que sea más probable que China colabore con los intereses de Estados Unidos.

Hay que añadir a esto la falta de voluntad de Trump para aceptar las limitaciones que imponen las vías tradicionales de la diplomacia y el impacto que esto tendrá sobre las comunicaciones entre los dos gobiernos. Xi sentirá la necesidad de responder con decisión cuando perciba que los intereses nacionales chinos estén en juego. Podemos prever posibilidades de confrontación en varias áreas: sobre relaciones más estrechas con Taiwán, la creciente amenaza nuclear de Corea del Norte o las tensiones económicas sobre la moneda, la propiedad intelectual y el comercio, ya que los esfuerzos de Trump en política industrial son frustrados por la economía capitalista de Estado líder del mundo (de ahí el riesgo número dos, China reacciona exageradamente).

Un riesgo final fluye de la “América independiente”: la posibilidad de que Rusia pueda actuar como un elemento pícaro, perturbador, y logre salirse con la suya. La respuesta “dura” de Estados Unidos a Moscú a propósito del “hackeo” relacionado con las elecciones no cambiará la conducta del presidente Vladimir Putin. Él hará lo mismo en las elecciones francesas y en los otros comicios europeos y Occidente no querrá o no será capaz de presentar una respuesta seria. Trump no está interesado y los líderes de la UE son demasiado débiles o están cansados de aplicar sanciones. Del mismo modo, Putin utilizará su “victoria” en Siria como un trampolín para aumentar la influencia rusa en el Medio Oriente. La “América independiente” deja a Putin con mucho espacio para maniobrar.

Para citar al ex presidente John F. Kennedy: “La política interna solo puede derrotarnos; la política exterior puede matarnos “.

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2) Las reacciones exageradas de China

La transición de liderazgo programada para este otoño configurará la trayectoria política y económica de China durante una década o más. El nivel de la élite que cambiará antes, durante y después del próximo Congreso del Partido, combinada con el clima político divisivo que el presidente Xi ha fomentado, hará de esta transición uno de los eventos más complejos desde el comienzo de la era de las reformas de China.

Dos riesgos fluyen de la próxima consolidación de poderes. En primer lugar, porque Xi será extremadamente sensible a los desafíos externos a los intereses de su país en un momento en que los ojos están puestos en su liderazgo. El presidente chino podría estar más propenso a responder con la fuerza ante esos desafíos de la política exterior. Y esto tendrá como consecuencia que veamos algunos picos en las tensiones entre Estados Unidos y China. En segundo lugar, al priorizar la estabilidad sobre las decisiones políticas difíciles en el período previo al congreso del partido, podría aumentar la posibilidad de fallos significativos en las decisiones de Xi.

El XIX Congreso del Partido llega en un momento único en el desarrollo de China. A pesar del crecimiento constante, los grandes desequilibrios económicos del país continúan en aumento, su liderazgo ha hecho más lentas las reformas de mercado y las políticas económicas de compensaciones e intercambio son cada vez peores.

Desde el punto de vista político, el miedo y la frustración entre las élites de partidos y empresas están en sus niveles más altos desde la época de Mao Zedong. Xi consolidó el poder, marginó a los opositores y centralizó la toma de decisiones tan rápidamente que muchos en China se preguntan si la tradición de gobernar por consenso no se aplica más. La campaña anticorrupción del presidente ha enviado ondas de choque a través de un sistema lubricado durante décadas por el clientelismo y la trampa, y los líderes en Pekín y las provincias están paralizados por el temor a convertirse en objetivos de esta campaña.

En este contexto, las maniobras por el poder antes del congreso del partido serán despiadadas. Xi está determinado a promover a sus aliados, pero aquellos que se oponen a su consolidación en el poder ven al congreso como su última oportunidad para bloquearlo. El escenario está montado para un año de intenso combate político interno.

En su afán por cimentar el poder, el presidente tendrá especial cuidado en evitar cualquier evento -interno o externo- que pueda hacerle parecer débil. Y esa determinación traerá consecuencias.

Primero, el sentimiento de Xi de que tendrá que responder resueltamente a cualquier desafío extranjero a los intereses nacionales -en un año durante el cual la percepción de su liderazgo entre el pueblo y la élite importa más que nunca- implica que las tensiones en política exterior aumentarán. Xi considerará cualquier desafío externo como una distracción indeseada de su foco en las maquinaciones políticas domésticas. En el peor de los casos, temerá que tales amenazas puedan socavar su posición interna. En consecuencia es probable que el presidente reaccione con más fuerza de lo que sus potenciales adversarios esperen. Y desafortunadamente para la estabilidad global, la lista de desencadenantes que podrían hacer sonar la campana al presidente es larga: un Trump recién empoderado y su política hacia China, Taiwán, Hong Kong, Corea del Norte, así como los mares del este y del sur de China.

Segundo, el intenso enfoque en la estabilidad doméstica significa que Xi puede muy bien sobre reaccionar o tropezar ante cualquier señal de problemas económicos. Este riesgo podría tomar la forma de una re-inflación de las burbujas de activos para impulsar el crecimiento interno, o de un aumento sustancial de los controles de capital, y estos movimientos afectarían a los inversores extranjeros y a los mercados internacionales. De la forma que sea, cualquier paso en falso de Xi provocaría una volatilidad económica global.

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3) Una Merkel más débil

Este año traerá otra ola de riesgos políticos en Europa y algunos de ellos seguramente se materializarán. Las disputas sobre el Brexit distraerán y profundizarán la desconfianza entre Reino Unido y Europa; las elecciones francesas podrían llevar al Frente Nacional -de extrema derecha- a tomar el poder; la crisis griega continuará sin resolución; el deslizamiento de Turquía hacia el autoritarismo continuará mientras que el acuerdo de refugiados del país con la UE podría romperse fácilmente; y el terrorismo a gran escala sigue siendo un riesgo mucho mayor que en cualquier otro lugar del mundo desarrollado.

Desde la crisis de la eurozona Europa se ha beneficiado de la sólida dirección de la canciller Angela Merkel. ¿Podrían los europeos haber resuelto sus crisis financieras sin que los alemanes forzaran a una solución? ¿Habría permanecido la Eurozona unida? Es difícil de imaginar.

Este año tendremos que hacerlo. Merkel ha enfrentado una serie de desafíos que siguen socavando su liderazgo. En primer lugar, una política de refugiados que carece de apoyo sólido en casa y en toda Europa, un problema que se agrava por los ataques terroristas y los incidentes domésticos que se atribuyen a los refugiados. Una serie de crisis corporativas en algunas de las empresas más importantes de Alemania, como Volkswagen, Deutsche Bank y Lufthansa. Finalmente, el auge del populismo ha minado el apoyo a su sueño de una Europa más fuerte, tanto con las asombrosas victorias electorales en Europa oriental como en los referendos en Reino Unido e Italia y el surgimiento del partido Germany´s Alternative for Deutchsland.

De todos los líderes en Europa, Merkel es la apuesta más segura para la reelección este año. No hay un rival fuerte y, a pesar de los obvios peligros del creciente nacionalismo en el país, el populismo en Alemania no tiene las mismas implicaciones económicas que en todo el continente, ya que los beneficios de la adhesión a la UE y a la zona euro son claros para la mayoría de los alemanes. Así que a pesar de lo erráticas que han sido las encuestas en las últimas grandes contiendas electorales en todo el mundo desarrollado, Merkel ganará un cuarto mandato consecutivo. Pero la necesidad de apaciguar las críticas internas este año dejará su figura disminuida, impactando la calidad de su liderazgo tanto en el país como en la UE.

La influencia geopolítica de Merkel se está erosionando con la misma rapidez. Obama no siempre cumplió sus compromisos, pero la relación era personalmente cálida y perfectamente alineada. No será así con Trump, a quien le importan poco los valores que son centrales para el liderazgo de Merkel. Cuando la relación entre Estados Unidos y Rusia se estreche, otros estados europeos verán la oportunidad de reconstruir los lazos con Moscú. El Brexit eliminará el apoyo británico para su liderazgo. Italia, que por un momento fue una fuerza favorable a la UE, volverá a tener gobiernos débiles. Si Marine Le Pen es elegida presidenta en Francia y convoca a un referéndum sobre la adhesión a la UE, convertirá a su gobierno en antagonista de Merkel. Si Francois Fillon gana, Merkel tendrá que vérselas con un aliado importante que se inclina hacia Putin.

Europa nunca ha necesitado, como ahora, a una Merkel más fuerte. Pero en 2017 no estará disponible para desempeñar ese papel.

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4) Sin reformas

El liderazgo también será deficiente este año en otras cuestiones, ya que los funcionarios políticos de las economías desarrolladas y emergentes evitan emprender reformas estructurales, socavando las perspectivas de crecimiento y de nuevas oportunidades para los inversionistas.

Los conductores de este atasco caen en cuatro categorías.

En primer lugar, algunos líderes nacionales creen que ya han hecho su parte del trabajo. En India, Narendra Modi se dormirá en los laureles tras pasar un impuesto sobre los bienes y servicios, implementar reformas monetarias y de quiebra y liberalizar a la Foreign Direct Investment en muchos sectores importantes. Este año, se enfocará en ganar las elecciones estatales. En México, Enrique Peña Nieto mirará hacia el final de su presidencia, habiendo logrado sus objetivos en energía, telecomunicaciones, educación y reforma tributaria. Sabe que no le alcanza el mandato para agregar nada más a esta lista.

Un segundo grupo permanecerá en espera hasta después de los eventos importantes del calendario político. Los preparativos para el movimiento de liderazgo de China, en el otoño de 2017, desacelerarán aun más un ya lento proceso de reforma antes de que un nuevo grupo de tomadores de decisiones imprima un nuevo impulso en 2018. Rusia seguirá retrasando sus recortes de gastos y alzas de impuestos más duros hasta después de las elecciones presidenciales en marzo de 2018. Y aunque Francia y Alemania no están planeando cambios radicales en sus economías, incluso los modestos avances en materia laboral y otras reformas deberán esperar hasta después de sus elecciones de 2017, en primavera y otoño, respectivamente. El argentino Mauricio Macri podrá volver a exponer su cuello, pero no antes de su momento electoral de mitad de periodo en octubre.

En un tercer grupo de países ni siquiera está en agenda una verdadera reforma estructural. En Turquía, el enfoque del presidente Recep Tayyip Erdogan en la consolidación del poder significa dinero fácil y la ausencia de reformas dolorosas continuará. En Sudáfrica, las luchas internas del Congreso Nacional Africano –partido en el poder desde 1994- eclipsarán cualquier oportunidad de reforma. En Italia, un gobierno débil no tendrá el “oomph” para abordar sistemáticamente la reforma del sector bancario y de otros problemas clave. En Reino Unido, la preocupación constante por el Brexit evitará que el gobierno de la primer ministra Theresa May mantenga su promesa de “reformar el capitalismo”.

Esto deja a un grupo final con los líderes que demostrarán resolución pero fallarán en lo que es verdaderamente necesario. Mohammed bin Salman, de Arabia Saudita, seguirá trabajando en resolver la crisis fiscal de su país, pero todavía no será capaz de superar los obstáculos culturales que inhiben el potencial económico del reino. Y Nigeria podría ver algunos progresos en su reforma del sector petrolero, en la agenda anticorrupción y en frentes de seguridad, pero Muhammadu Buhari seguirá vacilando en cuestiones monetarias y fiscales clave.

La aguja de las reformas no se moverá en 2017. A excepción de algunos puntos brillantes en el horizonte, el dinero no sabrá hacia dónde fluir.

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5) Tecnología y Medio Oriente

A pesar de su barniz de autocracia efectiva, los gobiernos de Oriente Medio han sido débiles durante décadas. La mayoría de las fronteras de la región fueron creadas por europeos y nunca fueron adecuadas. La legitimidad provenía en gran medida del exterior, y luego del dinero de la energía. Estados Unidos y sus aliados aportaron la seguridad. Hoy en día todas esas cosas son escasas.

La tecnología, una fuerza para el crecimiento económico y la eficiencia, también exacerba la inestabilidad política. En Oriente Medio este último resultado ha demostrando ser dominante por varias razones:

Energía. El contrato social en gran parte de Oriente Medio se basa en un montón de dinero generado por el sector de petróleo y gas, para garantizar la lealtad de los ciudadanos. Pero el modelo ha sido subvertido por la revolución de la energía, lo que ha permitido nuevas tecnologías de explotación petrolera como el fracking, mejoradas en Estados Unidos y que han debilitado rápida y sustancialmente a la OPEP. La tendencia se intensificará, reduciendo los precios y socavando la legitimidad de muchos gobiernos de la región.

Conectividad. La globalización causa una reacción violenta en Occidente. La conectividad provoca reacciones similares en Oriente Medio. El Oriente Medio tiene fuerzas para lograr progreso social y económico, pero las poblaciones alienadas pueden ahora comunicar sus quejas por los agravios a los que son sometidos más fácilmente. Los terroristas pueden reclutar adeptos. Y las nuevas herramientas de comunicación pueden asociar ambos hechos like a like. Chiíes, sunitas, kurdos, y quienes definen sus identidades por la lealtad tribal, pueden hablar dentro de sus grupos sociales, pero no con otros. Y cada grupo desarrolla una visión del mundo totalmente distinta a la de sus vecinos. Todo esto plantea una amenaza real a los regímenes existentes.

Cyber. Irán es uno de los mayores usuarios de armas cibernéticas y está mucho menos constreñido que en el pasado. Estamos viendo un creciente número de ataques contra Arabia Saudita, con poca reacción efectiva por parte de los sauditas o de sus antiguos aliados, los estadounidenses. Los terroristas regionales están desarrollando nuevas habilidades cibernéticas para desafiar a los sistemas de Oriente Medio.

Automatización. El otro activo primario en la región es su población. En teoría económica las poblaciones jóvenes y en crecimiento deberían constituir una ventaja, pero no cuando los desarrollos tecnológicos están más bien quitando oportunidades en una región cuyos jóvenes presentan un nivel crítico en materia de educación.

Transparencia forzada. Wikileaks forzó a la renuncia de la presidenta del Comité Nacional Demócrata y tuvo un impacto en las elecciones estadounidenses. Los “Papeles de Panamá” obligaron a la dimisión del primer ministro de Islandia. ¿Qué ocurre cuando la transparencia forzada golpea a Arabia Saudita y los ciudadanos se enteran de la colusión de su líder con Occidente (y de hecho cómo los príncipes gastan su dinero y se comportan en Dubai, Londres y Estados Unidos)? Los frágiles regímenes autoritarios en el Oriente Medio necesitan el secreto para mantener la estabilidad. Pero no lo van a conseguir.

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6) Los bancos centrales entran en política

Por primera vez en décadas, los bancos centrales se enfrentan a ataques no en los mercados emergentes, sino en Estados Unidos, la Eurozona y el Reino Unido. Dejando de lado las razones que llevaron a su independencia, los políticos han pasado a culpar a las cabezas de los bancos centrales de problemas políticos y económicos de todo tipo. Estos ataques representan un riesgo para los mercados globales en 2017 porque amenazan los roles de los bancos centrales como instituciones tecnocráticas que proporcionan estabilidad financiera y económica.

Theresa May ha culpado al Banco de Inglaterra por las políticas de bajas tasas de interés que –según ella- han dañado a los ahorristas y han aumentado la desigualdad de ingresos. En Alemania, el ministro de Finanzas, Wolfgang Schaeuble, ha argumentado que las bajas tasas de interés redujeron el incentivo para que los estados europeos periféricos reformen sus modelos económicos insostenibles. Trump acusó a la Reserva Federal de apoyar a Hillary Clinton durante la campaña presidencial de Estados Unidos. En cada uno de estos casos, la politización evidente de la banca central está rompiendo tabúes de larga data en las culturas políticas domésticas.

Estas presiones sobre los bancos centrales se volverán más problemáticas en 2017 como resultado de los dilemas políticos y económicos que se ciernen sobre Estados Unidos y la zona euro, que en conjunto representan cerca de 40% de la economía mundial.

En Estados Unidos existe el riesgo de un conflicto abierto entre la Reserva Federal y la Casa Blanca a propósito del futuro económico del país. Trump ha prometido una expansión fiscal, lo que podría conducir a presiones inflacionarias y a un dólar fuerte. Si la Reserva Federal responde aumentando las tasas de interés más rápido y más allá de lo planeado actualmente, creará una contradicción interna en el corazón de un elemento clave de la plataforma política del presidente. Las tasas de interés más altas provocarán bajas de precios en el mercado de la vivienda, mientras que un dólar fuerte tendría un impacto negativo en las exportaciones estadounidenses, dificultando las promesas de alto crecimiento del presidente.

La respuesta de Trump probablemente sería culpar a la Fed por socavar la prosperidad estadounidense, un movimiento que convertirá a los tecnócratas independientes en chivos expiatorios de la política y añadirá nuevas presiones a las decisiones futuras de la Fed. Si el banco central se mueve con mayor cautela, el presidente podría acusarlo de permitir que la inflación lesione a los estadounidenses. Para complicar las cosas, existe el riesgo de que Trump aproveche la oportunidad que le brinda la presidenta de la Fed, Janet Yellen, de dejar su cargo en enero de 2018 para reemplazarla con un aliado personal, una medida que socavaría la reputación de la Fed. Es una situación de no-ganancia para la Fed este año. Su posición sufrirá un impacto sin importar lo que haga.

En la Eurozona el riesgo es que el Banco Central Europeo (BCE) no consiga el apoyo político necesario para rescatar a las perniciosas economías de los estados periféricos la próxima vez que el continente se enfrente a un shock. Desde que el presidente del BCE, Mario Draghi, usó su discurso “lo que sea necesario” en 2012 al referirse al apoyo inquebrantable para salvar a la zona euro, el BCE ha acudido constantemente en ayuda de las economías europeas necesitadas. Pero esto nunca fue una política popular y solo se ha vuelto más polémica últimamente, como lo ilustran los duros comentarios recientes de Wolfgang Schaeuble, el ministro de Finanzas de Alemania. El riesgo ahora es que Draghi no sienta que tiene el respaldo necesario para reforzar la zona del euro en caso de una victoria presidencial de Le Pen en Francia o ante una eventual toma de posesión del movimiento Cinco Estrellas en Italia, por muy poco probable que puedan lucir hoy estos choques potenciales.

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7) La Casa Blanca contra Silicon Valley

Trump ha señalado que está dispuesto a encargarse de las empresas estadounidenses, un asunto que consiste sobre todo en poner puntos políticos en el tablero anunciando mejores “tratos” para el pueblo americano.

Carrier, un fabricante de aire acondicionado, obtuvo un recorte de impuestos para mantener unos pocos cientos de empleos en el país. Boeing y Lockheed Martin deben afilar sus lápices para ganar contratos del gobierno. En última instancia, estos son los acuerdos que se hacen. Las corporaciones americanas y los grandes bancos están bien representados en el gabinete de Trump y están ideológicamente alineados con gran parte de las políticas que quiere aprobar. Seguramente Trump irá después en pos de algunas organizaciones de alto perfil con las que él, por cualquier razón, tenga una queja personal, y muchas de esas compañías tendrán que asimilar caídas. Pero eso será un problema solo para empresas individuales, no es una cuestión estructural.

El conflicto con Silicon Valley es diferente. Los líderes de la tecnología de California, el estado que más votó contra de Trump, tienen motivos para discutir con el nuevo presidente. Aparte de Peter Thiel –cofundador de PayPal-, los empresarios del valle tienen opiniones fundamentalmente diferentes a las de Trump. La agenda política de Trump apunta a la seguridad nacional, mientras que la ideología central de Silicon Valley se centra en la libertad y la privacidad. Trump quiere empleos, mientras que Silicon Valley está impulsando la automatización de los lugares de trabajo. Aunque el apoyo a la ciencia fue uno de los puntos fuertes de Obama, es en el mejor de los casos una prioridad de segundo nivel para el gobierno de Trump. Y en el peor, una verdad incómoda.

Hay algunos escenarios en los que esta pelea tendrá lugar. Primero, los nuevos medios. La maestría de Trump en las redes sociales, la big data y la capacidad de aprovechar los algoritmos para noticias y noticias falsas fueron clave para su victoria electoral. Los jefes de Silicon Valley tardaron en reconocer el problema (y una veta libertaria condujo a una aproximación de no interferencia); pero después de la elección de Trump las empresas de información y de nuevos medios establecieron como prioridad poner limitaciones a la llamada influencia de “derechos alternativos”. Eso significa tratar de limitar la difusión de noticias falsas y crear programas que eliminen a los bots que actúan como individuos. Las preocupaciones de Trump sobre los medios de comunicación hacen de esta un área crítica de cuidado para él. Es una amenaza directa para su capacidad de mantener su popularidad -y el atractivo de su marca- y es un hecho que sentirá la necesidad de combatir este asunto.

La otra cara de este conflicto es la seguridad. Trump considera la influencia política sobre la inteligencia y el complejo más amplio de seguridad nacional como un componente clave del poder presidencial y aprovechará cualquier oportunidad para expandir el control gubernamental en respuesta a ataques terroristas contra los activos estadounidenses dentro y fuera del país (es probable que aumente la amenaza terrorista dado que la retórica de Trump crea objetivos para Estado Islámico y otras organizaciones terroristas). Eso significa que vamos a ver más peleas como la que existe entre Apple y el FBI sobre el acceso a los datos después de los ataques de San Bernardino. Una constelación de empresas de tecnologías de información se enfrentará con la Agencia de Seguridad Nacional ante posibles amenazas a la seguridad. Esto creará una prueba temprana del escudo de privacidad en las actividades de inteligencia de señales (colocando limitaciones en la vigilancia masiva), que está en revisión esta primavera. Esta es un área donde Trump probablemente accionará para hacer retroceder la imposición de limitaciones porque es una palanca de presión que puede utilizar para asegurarse un trato más favorable por parte de los nuevos medios.

Y finalmente está el ángulo del trabajo. Durante la campaña, uno de los mensajes prioritarios de Trump fue la devolución de empleos, pero él discutió el problema solo en términos de globalización y no en lo que se refiere a los cambios tecnológicos, que ahora es un tema mucho más importante para los trabajadores estadounidenses. A medida que la automatización se expande, Trump necesitará abordarla. Las empresas que no son amigables con él, especialmente aquellas cuyos modelos empresariales se centran en el uso de la inteligencia artificial y sacan mano de obra del mercado, se perfilarán como un objetivo político jugoso. Ejemplo: conducir vehículos es literalmente la primera o segunda fuente de empleo en los 50 estados del país. Y muchos de esos puestos de trabajo están destinados a desaparecer a lo largo de la administración Trump. Es difícil imaginar que Trump no vaya directamente contra las empresas que sean señaladas como responsables de la destrucción de puestos de trabajo.

No todo es guerra abierta. El apoyo de Trump a la reforma tributaria corporativa y a una regulación gubernamental más ágil será bien recibido por los líderes empresariales en Silicon Valley, al igual que los de otros lugares. Y es probable que sus políticas contra la inmigración afecten a México, Centroamérica y Oriente Medio antes de considerar la revocación de las visas H-1B que perjudicarían a la industria nacional. Pero para el motor más importante de la economía estadounidense (y global), los contratiempos políticos llegarán como un cambio dramático.

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8) Turquía

El fracaso del golpe de Estado de julio de 2016 ha generado una mayor incertidumbre política y volatilidad económica en Turquía, ya que Erdogan sigue utilizando el estado de emergencia en curso para tomar las riendas de los asuntos cotidianos y reforzar su control sobre el sistema judicial, las instituciones, los medios de comunicación y hasta el sector empresarial, a través de oleadas de detenciones y purgas.

Erdogan busca ahora legitimar la expansión de facto de sus poderes, y con la ayuda del Partido del Movimiento Nacionalista -de oposición- (MHP), probablemente celebrará un referendo sobre esta cuestión durante la primavera. A diferencia de otros referendos en el continente, el voto podría ser una victoria para el autoritarismo del presidente. El intento de Erdogan de centralizar los poderes exacerbará muchas de las presiones existentes sobre la gobernabilidad interna, la economía y las relaciones exteriores de Turquía.

Los votantes están casi divididos a partes iguales en la cuestión de expandir los poderes del presidente y Erdogan tendrá que desarrollar una campaña agresiva para ganar. En el frente político, eso significa que el gobierno continuará su cacería de brujas contra los “gulenistas” (el movimiento creado por el predicador islamita Fethullah Güllen, acusado de organizar el intento de golpe de Estado), y endurecerá su ya estricto control sobre las instituciones gubernamentales y los medios de comunicación.

En el ámbito económico, Erdogan se enfrentará a presiones para mantener las medidas populistas y de crecimiento en un momento en que el endurecimiento de las condiciones de liquidez externa exige un replanteamiento de la política económica. Presionará al banco central para mantener las tasas bajas y dependerá cada vez más del estímulo fiscal para contrarrestar la desaceleración del crecimiento. Erdogan evitará hacer reformas estructurales en materia de impuestos, empleo y pensiones.

Mientras tanto, los controles cada vez menores sobre el poder ejecutivo dejarán al sector privado vulnerable ante los caprichos políticos y ante un poder judicial comprometido políticamente.

La necesidad de Erdogan de mantener el apoyo de los votantes nacionalistas también aumentará los riesgos de seguridad en un momento en que el ejército sigue debilitado por las purgas posteriores al golpe. Continuará su línea dura sobre el Partido de los Trabajadores del Kurdistán -descartando un retorno a las conversaciones de paz- y sus afiliados en Irak y Siria. En ambos países es probable que Erdogan se extralimite y aleje a los aliados. Y su línea dura alimentará el terrorismo en Turquía. Del mismo modo, si bien es posible que el acuerdo de refugiados entre la UE y Turquía no pueda sostenerse más, las políticas represivas de Erdogan harán que su relación con los socios europeos se mantengan en una repisa.

Por último, la victoria de Erdogan en el referendo no ofrecerá mucho alivio. El MHP nacionalista ha firmado un paquete de reformas que incluye casi todas las disposiciones que Erdogan quiere para un sistema presidencial ejecutivo sin control. Sin embargo, aunque la mayoría de estas disposiciones no entrarán en vigor hasta las próximas elecciones de 2019, la victoria animará a Erdogan a actuar como un presidente ejecutivo de facto y continuará sobrepasando sus poderes formales durante 2017. Un Erdogan empoderado seguirá haciendo las cosas a su antojo, agravando los riesgos políticos, económicos y de seguridad.

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9) Corea del Norte

2017 será un gran año para Corea del Norte. Y eso no es bueno.

Los norcoreanos han avanzado sustancialmente en sus programas nucleares y de misiles y están dispuestos a expandirlos aun más. El reino ermitaño puede tener suficiente material como para unas 20 armas nucleares. Ya está cercano a dominar la tecnología de miniaturización de ojivas, y por lo tanto de poseer misiles intercontinentales que podrían golpear la costa oeste de Estados Unidos con un arma nuclear. Los legisladores estadounidenses consideran esto una línea roja (aparentemente, que puedan impactar en Alaska no es particularmente preocupante).

La política de Estados Unidos continúa centrándose en la eliminación completa del programa: desmantelar, no solo contención. En otras palabras, Corea del Norte tiene que deshacerse de todas sus armas nucleares (al igual que con “Assad debe irse” y “Rusia debe salir de Ucrania”). A falta de eso, las sanciones de EEUU se ampliarán.

Existen dos posibles riesgos principales. En un primer escenario, la administración Trump activa acciones coercitivas contra Corea del Norte y esto precipita una crisis en las relaciones EEUU-China. Estados Unidos empuja a China a endurecer las sanciones. Pero China, temiendo un colapso de Corea del Norte, se niega. Washington sigue adelante de todos modos, incluso con sanciones secundarias muy duras que perjudican a los bancos chinos en un momento en que su sector bancario no parece robusto. Trump entonces hace movimientos militares amenazantes.

Este escenario se desarrolla en un entorno donde las relaciones entre Estados Unidos y China ya se están deteriorando como consecuencia de las relaciones comerciales de Taiwán y Estados Unidos. El resultado es una crisis entre Estados Unidos y China en la que Pekín rechaza todas las acciones de Trump. Japón está atrapado en el lado de EEUU y esto crea riesgos mayores entre China y Japón.

El segundo riesgo: el presidente surcoreano, Park Geunhye, es forzado a abandonar sus funciones y es reemplazado por un gobierno de centroizquierda que favorece la diplomacia con Corea del Norte en lugar de la coacción. El nuevo gobierno surcoreano cancela el sistema de defensa contra misiles aéreos de gran altitud y se niega a trabajar con Estados Unidos en nuevas sanciones y opciones militares. Una dura respuesta de Trump genera una crisis en la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur que envía ondas de choque a través del resto de Asia en un momento en que los líderes asiáticos ya están cuestionando el compromiso de Trump con la región. Esto reactiva las tensiones Japón-Corea del Sur, especialmente si el nuevo gobierno de Seúl rechaza el acuerdo de Park con el primer ministro Shinzo Abe en la resolución de disputas históricas entre los dos países.

Durante la última década Corea del Norte ha sido un problema, pero no un riesgo significativo. Eso cambiará en 2017.

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10) Sudáfrica

La crisis política que enfrenta al presidente Jacob Zuma contra opositores dentro y fuera del Congreso Nacional Africano empeorará en 2017, poniendo a la economía sudafricana en mayor riesgo y dañando la estabilidad regional. Habiendo evitado por muy poco los desafíos a su liderazgo durante 2016, este año Zuma se enfocará en las batallas domésticas, evitando que los reformadores tomen las medidas necesarias para restaurar la estabilidad económica del país.

La discordia interna del partido gobernante pesará particularmente sobre la gerencia de las empresas del Estado. La estatal Eskom posee la mayor parte de las garantías financieras gubernamentales y su balance se asemejará a la calificación soberana a mediano y largo plazo, particularmente con un aliado de Zuma, Ben Ngubane, como presidente.

Las intensas luchas dentro del CNA se intensificarán en el período previo a la conferencia del partido en diciembre de 2017 cuando Zuma y su séquito se nieguen a entregar los privilegios y el poder que los protege. Habiendo estado bajo fuego a finales de 2016, el presidente estará menos inclinado a aceptar a un candidato por acuerdo para tomar su lugar cuando se retire como líder del CNA al final del año.

En lugar de eso, Zuma presionará por su esposa, Nkosazana Clarice Dlamini-Zuma, o por David Mabuza, un premier regional y aliado político. Maniobrando en los meses previos también evitará las acciones de los reformadores, particularmente del ministro de Finanzas, Pravin Gordhan. Las reformas del mercado de trabajo del país, de las empresas estatales y del sector energético seguirán estando fuera de su alcance, y será cada vez más difícil para Pretoria evitar una rebaja en la calificación crediticia.

Las luchas políticas internas de Sudáfrica socavarán el papel tradicional del país como fuerza de seguridad regional. Este fallo en el liderazgo se está profundizando justo en el momento menos indicado, porque los acontecimientos de los próximos meses desafiarán la estabilidad de la región. Mientras Zimbabue comienza a prepararse para sus elecciones de 2018, este año probablemente aumentarán las protestas de la oposición, que el presidente Robert Mugabe suprimirá violentamente. En 2008, el entonces mandatario sudafricano Thabo Mbeki ayudó a negociar un acuerdo de reparto de poder cuando las elecciones en Zimbabue se salieron fuera de control. La Sudáfrica dividida y distraída de hoy es mucho menos capaz de desempeñar un papel similar.

En Mozambique, Sudáfrica es un miembro clave del equipo de mediación internacional encargado de mantener cierto nivel de control sobre los crecientes problemas políticos y económicos del país. Pero Pretoria seguirá desempeñando un papel limitado en estos esfuerzos mientras la crisis de Mozambique se profundiza.
El débil acuerdo de transición en la República Democrática del Congo, donde Sudáfrica ha desempeñado tradicionalmente un papel mediador importante, enfrentará riesgos significativos. Organizar las elecciones de este año será difícil, especialmente dado el escaso apoyo de Joseph Kabila, cuyo mandato expiró en diciembre pasado. Una ruptura de ese proceso es muy posible; pero cualquier retraso podría desencadenar una nueva ola de protestas violentas.

Es, definitivamente, un mal momento para que Sudáfrica termine en el banquillo de la diplomacia.