Los sobrevivientes de Franklin Masacre

Ingresó a la Penitenciaría General de Venezuela e instauró un régimen de terror y delincuencia. La confusa historia ilustra a plenitud el infierno en que se han convertido las prisiones durante estos años de “revolución” socialista en los que los criminales se apoderan de las cárceles

Fotografía: Carlos Hernández

Franklin Paul Hernández Quezada, se llama. Le conocen como Franklin Masacre, sin duda un gran alias para un jefazo criminal. Porque eso es: un individuo con múltiples entradas y salidas de la cárcel que un día decidió que la mejor forma de hacer negocios era tomar el control de una prisión. Y le fue bien durante un tiempo.

En Venezuela la jerga de los delincuentes inventó un vocablo para nombrar a quienes de verdad mandan en los centros penitenciarios: pran. No importa ya cómo surgió, las explicaciones sobran y se enredan: en este país todo el mundo sabe lo que es un pran.

En diciembre de 2015 Franklin Masacre entró por voluntad propia a la Penitenciaría General de Venezuela, una cárcel ubicada en San Juan de los Morros, en el estado Guárico. Entró como visitante y con un plan bien trazado. Conocía el lugar: allí estuvo interno entre 2003 y 2011 condenado por robo. En su prontuario hay mucho más: su expediente policial lo identifica como secuestrador, extorsionador, ladrón y homicida. Su pasantía por la PGV –hacinada como todas las prisiones venezolanas- le habría permitido entender que allí estaría más seguro que afuera y además vislumbrar un nuevo emprendimiento: el control del espacio, de la comida, de la cuota para mantenerse vivo, del derecho a dormir, a respirar, del paso de drogas, de alcohol… La nota policial cuenta que entró, asesinó al pran que estaba allí y montó su “gobierno”. Así le dicen al régimen: gobierno. Y para eso se trajo a los suyos: otros más que vinieron de la calle.

En octubre Franklin Masacre divulgó unos videos dirigidos a la ministra Iris Varela, la encargada de los asuntos penitenciarios del país. Allí mostraba a reclusos con tuberculosis y solicitaba ayuda médica inmediata. Para entonces se hablaba de una inminente intervención del penal entre otras cosas porque las autoridades responsabilizaban a algunos internos del robo de 84 granadas ocurrido en una instalación militar en ese mismo estado. El 6 de octubre se informaba de la muerte de un preso por tuberculosis y de otros 27 con síntomas de la enfermedad. El 9 de octubre se hizo pública la denuncia de siete fallecidos por falta de medicamentos y se conoció que muchos de los más de 11 mil presos llevaban varios días sin recibir alimentos.

El 18 de octubre el Ministerio para el Servicio Penitenciario anunció un “plan de pacificación” para la PGV donde ya había un motín en desarrollo. Ese día se reforzó la militarización de las zonas aledañas. El 21 comenzó el traslado de presos a otros lugares de reclusión en medio de enfrentamientos con disparos.

El 30 de octubre la prensa dio a conocer la existencia de fosas comunes en la PGV y se desconocía el número de muertos víctimas del “gobierno” de Franklin Masacre y del propio enfrentamiento con las autoridades militares y policiales. Para entonces más de 4.500 internos habían logrado escapar del lugar huyendo del pran y poniéndose a disposición para el traslado. Ese mismo día Franklin Paúl Hernández Quezada fue imputado como responsable del conflicto, lo mismo que otros miembros de su banda: El Ratón, Chimaras e Iscuas. Todos fueron acusados de tráfico ilícito de armas y municiones, tráfico ilícito de sustancias estupefacientes, homicidio intencional, asociación para delinquir agravada, intimidación pública y lesiones intencionales graves.

Las fotos de Carlos Hernández muestran los rostros de quienes escaparon del “gobierno” de Masacre.

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Un grupo de presos de la Penitenciaría General de Venezuela descansan en la colapsada enfermería de la cárcel 26 de Julio, aledaña a la PGV, después de ser evaluados por personal médico del Ministerio de Prisiones

Un grupo de presos de la Penitenciaría General de Venezuela descansan en la colapsada enfermería de la cárcel 26 de Julio, aledaña a la PGV, después de ser evaluados por personal médico del Ministerio de Prisiones

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Dos presos con tapabocas, de los que se sospecha contrajeron tuberculosis en la PGV, comparten cama debido al colapso de la enfermería

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un preso proveniente de la PGV es nebulizado en el pasillo de la enfermería de la cárcel 26 de Julio.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Presos regulares de la  cárcel 26 de Julio y otros provenientes de la PGV se cruzan en el pasillo que conduce a las celdas. Los presos de la PGV que se escaparon de la situación violenta del penal son recluidos en celdas luego de ser identificados y evaluados medicamente, antes de trasladarlos a otros penales del país.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Usando un solo juego de esposas las autoridades del Ministerio de Prisiones mantienen a los reos de la PGV en parejas, hasta que sean trasladados a otros penales

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un funcionario de custodia pone las esposas a un par de presos en el patio donde esperan la requisa de la Guardia Nacional.

Este grupo forma parte de los 2.000 rescatados de la PGV por el Min-Penitenciario. òN/Carlos Hern‡ndez

Un grupo de reclusos, en su mayoría muy jóvenes, espera sentado en el patio de la cárcel 26 de Julio por el traslado a otros penales.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Los presos de la PGV que esperan por su traslado en el patio de la prisión 26 de Julio están atentos a las diferentes instrucciones que dan los funcionarios del Ministerio de Prisiones.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Jerson Ronarcho pasa caminando ante una fila de guardias nacionales, encabezando el grupo de presos que se montará en el primer autobús que lo trasladará a otro penal

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Apartado del resto de sus compañeros, este preso espera por otros que van a ser trasladados al mismo penal.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Varios grupos de presos divididos según su condición física y el penal a donde irán,  esperan en el patio la requisa que hará la Guardia Nacional antes de ser montados en los autobuses.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un funcionario del Ministerio de Prisiones vigila en la entrada del patio a los grupos de reos de la PGV que esperan por su traslado

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Muchos de los presos que escaparon de la PGV venían descalzos o con sus zapatos en muy mal estado. Algunos pudieron conseguir calzado antes del traslado

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Los presos salen del área de celdas donde estaban recluidos hacia el patio para ser agrupados antes de trasladarlos a otros penales

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Jerson Ronarcho se desviste para la requisa de la Guardia Nacional. Todas sus pertenencias las lleva puestas: dos franelas, ropa interior, bermudas, pantalón y zapatos croccs . Al quitarse la ropa se deja ver el estado de desnutrición en que se encuentra

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Aparte de su ropa, el equipo de supervivencia de Jerson Ronarcho incluye un tupperware y un vaso plástico para las comidas y un ejemplar de las Santas Escrituras

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Jerson Ronarcho, el primero en montar en el autobús que lo llevará a otra prisión, no va esposado a otro reo. Una vez adentro, por instrucciones de los guardias, se sentará con la cabeza agachada, sin mirar ni conversar con nadie

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un joven recluso, en estado de desnutrición severa, acompaña a otro preso en muletas mientras sube al autobús. Estarán sentados juntos pero no podrán hablar durante el camino.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un guardia nacional pasa lista de la identidad y la presencia de los presos dentro del autobús.

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un guardia nacional pasa entre los presos en el pasillo del bus, mientras uno de ellos, Rainier Fernandez, mira hacia la cámara

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Familiares de los presos apostadas frente a la cárcel 26 de Julio, durante varias horas, tratan angustiadas de reconocer a sus parientes cuando los autobuses van saliendo de la cárcel

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Los familiares se reflejan en el autobús que sale de la cárcel 26 de Julio, mientras los presos van agachados sin levantar la cabeza en sus asientos

Entrenamiento de la Escuela de Porteros en las instalaciones de Futuros Vinotinto UN/Carlos Hernandez

Un recluso lleva tatuajes en el brazo y el pecho: “No Todo es felicidad” y “María”